En 1980, dos médicos vinculados a un hospital de Boston revisaron una base de datos de pacientes internados y encontraron algo aparentemente tranquilizador: de casi 12.000 pacientes que habían recibido opioides, solo cuatro habían desarrollado adicción. Jane Porter y Hershel Jick describieron esa observación en una carta al New England Journal of Medicine. Cinco oraciones. Ciento una palabras. Durante las décadas siguientes, esa carta fue citada 608 veces como evidencia de que los opioides eran seguros y poco adictivos en pacientes con dolor crónico: algo que nunca había demostrado.

El mecanismo

Porter y Jick no estudiaron pacientes con dolor crónico. Estudiaron pacientes internados, con dolor agudo, en contexto hospitalario, durante períodos cortos. Su observación era legítima dentro de ese marco.

El salto vino después. Cada vez que alguien citaba esa carta para justificar la prescripción extendida de opioides a pacientes ambulatorios con dolor crónico, estaba aplicando una conclusión a una realidad que el estudio nunca había mirado. Ese salto no estaba en la carta. Estaba en las citas. Y detrás de muchas de esas citas había una industria farmacéutica con razones comerciales para que ese argumento existiera y se repitiera.

En 2017, el NEJM dio un paso inusual: agregó una nota de advertencia sobre esa carta. Para entonces ya era tarde.

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El caso de Porter y Jick muestra cómo una observación limitada puede convertirse, a través de citas y reinterpretaciones, en evidencia para algo que nunca estudió. A veces, sin embargo, el problema aparece todavía antes: en la propia producción de la literatura científica.

Entre 1997 y 2005, una empresa contratada por Wyeth escribió papers favorables a su terapia hormonal sustitutiva y consiguió que médicos académicos los firmaran como autores. Los artículos tendían a minimizar riesgos que después serían confirmados por grandes ensayos clínicos.

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