En 1953, el fisiólogo estadounidense Ancel Keys presentó en un simposio internacional en Nueva York una curva que parecía perfecta.
El gráfico mostraba una relación directa: a mayor consumo de grasas en una población, mayor era la tasa de mortalidad por enfermedades cardiovasculares.
Lo que no resultaba evidente en ese momento fue el método utilizado para lograr esa claridad matemática.
El mecanismo
Keys contaba con datos dietéticos y de mortalidad de 22 países. Sin embargo, su presentación —y la base de lo que luego se convertiría en el célebre Estudio de los Siete Países— incluyó únicamente un subconjunto de naciones con datos comparables que, en conjunto, reforzaban la relación que estaba investigando.
Al trabajar con un subconjunto de países con datos comparables, la curva cobró una fuerza estadística que el conjunto completo de datos no necesariamente sostenía.
A esta práctica se la conoce como “Cherry picking” o falacia de la evidencia incompleta. No requiere falsificar números, sino un sesgo en la selección que puede surgir tanto de decisiones explícitas como de restricciones prácticas del análisis, donde termina prevaleciendo la evidencia que se alinea con la premisa inicial.
Sobre esta clase de análisis se construyeron las bases de las recomendaciones nutricionales de las siguientes décadas, consolidando la hipótesis de que las grasas saturadas eran el principal factor de riesgo cardiovascular.
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La historia de cómo las grasas se convirtieron en el foco de la nutrición tiene una cara B. Mientras esa hipótesis ganaba peso en la nutrición institucional, otro investigador señalaba a un culpable diferente, con datos relevantes: el azúcar.
Sin embargo, por la forma en que funciona la autoridad y el debate institucional, otras interpretaciones de los datos quedaron en segundo plano durante décadas.

