En 1948, el psiquiatra australiano John Cade intentaba probar una hipótesis metabólica sobre la manía inyectando a cobayas con muestras de orina en un hospital de veteranos. Para disolver el ácido úrico que necesitaba estudiar, recurrió al urato de litio, una sal con buena solubilidad. Lo que sucedió a continuación no fue lo que Cade esperaba: los animales no mostraron la toxicidad prevista, sino que se volvieron llamativamente tranquilos. Había observado un efecto inesperado. Convertir esa observación en un tratamiento aceptado llevaría décadas. Su historia muestra que la evidencia científica, por sí sola, no siempre basta para establecer un nuevo estándar.

El mecanismo

El caso del litio muestra que la evidencia científica no siempre encuentra el mismo camino hacia la práctica clínica.

La evidencia, por sí sola, no se distribuye.

Necesita infraestructura para convertirse en medicina: ensayos clínicos, aprobación regulatoria, formación médica y guías clínicas. Cuando un tratamiento no puede patentarse —por tratarse de un mineral elemental— desaparece uno de los principales motores para financiar ese proceso. Esta ausencia de incentivos no explica por sí sola la lenta adopción del litio —también pesaron su estrecho margen terapéutico y las intoxicaciones tempranas—, pero sí ayuda a entender por qué un tratamiento con eficacia comprobada convivió durante años con una adopción mucho más lenta que la de otras terapias para las que sí existían fuertes incentivos para financiar su desarrollo y difusión.

Para profundizar

La resistencia a adoptar intervenciones que desafían un paradigma consolidado no es un fenómeno aislado. Muchas veces, los descubrimientos más disruptivos provienen de investigadores que deciden poner a prueba una hipótesis incompatible con las explicaciones que la comunidad científica considera establecidas. Así ocurrió también cuando un médico utilizó su propio cuerpo para demostrar el origen infeccioso de una enfermedad que durante décadas se había atribuido al estrés y al exceso de ácido.

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