En 1984, el médico australiano Barry Marshall ingirió un cultivo de Helicobacter pylori para demostrar lo que la comunidad gastroenterológica resistía desde hacía años: que las úlceras pépticas podían tener un origen infeccioso. Marshall y su colega Robin Warren habían reunido evidencia consistente —biopsias, cultivos, datos de pacientes— de que una bacteria sobrevivía en el ambiente ácido del estómago, un medio que la fisiología de la época consideraba estéril por definición. Pero la evidencia no avanzaba al ritmo de los datos. Avanzaba al ritmo del paradigma que debía desplazar.

El mecanismo

La resistencia a la hipótesis de Marshall y Warren no puede explicarse por una sola causa. Su evidencia chocaba contra un paradigma que llevaba décadas organizando la investigación, la práctica clínica y la formación médica. Cuando una explicación estructura una disciplina entera, aceptar una alternativa implica mucho más que admitir un dato nuevo: obliga a reorganizar un sistema completo.

Ese paradigma, además, sostenía un mercado enorme basado en tratamientos crónicos con antiácidos y bloqueadores H2. Una explicación infecciosa tratable con antibióticos no solo cuestionaba la fisiología aceptada; también alteraba los incentivos económicos construidos alrededor de ella.

La bacteria siempre estuvo ahí. Lo que tardó en cambiar fue el paradigma que permitía verla.

Para profundizar

El caso de Marshall ilustra lo que ocurre cuando evidencia sólida choca contra un paradigma que tiene, además de inercia científica, incentivos económicos para sostenerse. Esa misma estructura —donde la evidencia correcta pierde terreno no por falta de datos sino por el peso del consenso instalado— aparece con claridad en la historia de John Yudkin, que identificó al azúcar como factor de riesgo cardiovascular décadas antes de que el tema fuera aceptado.

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