En los años cincuenta, las tabacaleras aprendieron algo: no hacía falta demostrar que el tabaco era inocuo. Solo había que instalar la duda. Esa estrategia sobrevivió a las tabacaleras y hoy aparece en industria tras industria —a veces con los mismos científicos, aplicando el mismo manual.

El mecanismo

Lo que documentaron los juicios contra la industria tabacalera no fue solo un caso de mentira corporativa. Fue algo más preciso: la construcción deliberada de incertidumbre como herramienta.

No necesitaban ganar el debate científico. Solo necesitaban mantenerlo vivo.

El mismo patrón aparece después en la industria azucarera, en la del plomo, en la de los combustibles fósiles. En algunos casos, como documentaron los historiadores Naomi Oreskes y Erik Conway, eran incluso los mismos científicos moviéndose de una industria a otra. Lo que hace difícil combatir esta estrategia no es su sofisticación. Es que se mimetiza con el escepticismo legítimo —el que la ciencia genuinamente necesita.

Esa es la parte incómoda: la diferencia entre dudar bien y dudar como producto no siempre es visible desde afuera.

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Este artículo conecta con otro que publicamos sobre cómo Coca-Cola financió una red de científicos para sostener que la obesidad se explica por el sedentarismo, no por el azúcar. Distinto tema, misma estructura.

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