En los primeros años de la década de 1990, un laboratorio ensayaba en Gales un nuevo compuesto llamado sildenafil. El objetivo primario era tratar la angina de pecho, pero los resultados cardiovasculares fueron mediocres. El protocolo dictaba descartar la molécula, pero los investigadores notaron una anomalía en los registros: al finalizar el estudio, un número inusual de participantes se mostraba extrañamente reacio a devolver las pastillas sobrantes. Lo que parecía un detalle anecdótico o un efecto adverso marginal ocultaba una señal mucho más potente que el objetivo original.

El mecanismo

El desarrollo clínico de un fármaco obliga a definir de antemano qué resultado constituye un éxito. Esa decisión metodológica es indispensable para evitar interpretaciones arbitrarias. Pero también establece qué pregunta puede responder el estudio. Todo lo que ocurre fuera del objetivo primario deja de constituir evidencia para esa pregunta y pasa a ser, en el mejor de los casos, el punto de partida para una nueva hipótesis. El sildenafil fracasó exactamente donde debía triunfar y mostró un efecto inesperado en una dimensión que el ensayo no buscaba evaluar. Su historia recuerda que un buen protocolo no termina cuando aparece un resultado imprevisto. Termina cuando decide si ese resultado merece convertirse en la pregunta de un nuevo estudio.

Los protocolos son indispensables para producir evidencia confiable. Pero ningún protocolo puede anticipar todos los fenómenos relevantes. La historia del sildenafil muestra que el rigor científico no consiste en ignorar las sorpresas, sino en investigarlas con el mismo rigor que la pregunta original.

Para profundizar

Los grandes descubrimientos no suelen aparecer porque alguien tenga suerte, sino porque una observación inesperada genera una hipótesis nueva. En ciencia, la serendipia rara vez reemplaza al método; simplemente le da una nueva dirección.

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